Me levanté 7.20, snooze a 7.30... si salía de casa a las 7.55 a lo mejor me tomaba el tren a las 8 y llegaba 9 menos cuarto al laburo y no quedaba tan offside con la hora de entrada de los viernes de jornada intensiva. Pero no, salí a las 8.20, porque los gatos hicieron un happening de bolsas de supermercado, y había que cambiar las piedras, Chérie dejó cabitos y carozos de cereza en la pileta (aaargh!) además la mudanza me dejó con un lag físico insoportable, y el calor húmedo me pone en slow mo. Me tomé el tren 8.30 , a la precisa hora que tenía que entrar al laburo, porque un pelotudo no pudo hacer pasar su moneda de 10 centavos justo cuando el tren llegó a la estación. Para colmo el muy sorete pudo subirse al furgón y yo me quedé viendo como el tren con las puertas cerradas se iba, escuchando Federico Aubele. Y me quedé pensando que entraría 9.15, otra vez 45 minutos tarde, no importa el día ni el horario oficial. Cosa que me llevó a pensar qué carajos me importa entrar tarde, qué carajos me importa caretear nada si al final de cuentas se pueden ir todos a la puta que los reparió porque el telegrama está en eso y los relojes y los minutos tendrán otros usos y costumbres dentro de poco.
6 minutos después, creo, llegó el tren.
6 minutos después, creo, llegó el tren.
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